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Las cosas en su sitio

Juan A. Gallego Capel
Marcelino Oreja, ministro de Exteriores, firma los acuerdos de 1979 con el cardenal Villot. (Foto: ABC)

Creo necesario explicar que feminismo y laicismo pertenecen al mismo discurso político emancipatorio. Si el laicismo promulga que los seres humanos son sujetos de derechos, qué contradicción habría en incorporar la vindicación feminista, no conseguida en nuestro país y en otros muchos. La sociedad actual, amparada en una ideología patriarcal, no conviene a nadie, ni a las mujeres que se han visto durante siglos relegadas a una posición de subordinación respecto de los varones, ni a los propios varones que han tenido que asumir un modo de ser arrogante, competitivo y violento que les ha reportado más desgracias que parabienes. El feminismo ha sido, es y será una universal liberación. El feminismo es un humanismo. Beneficia a todas y a todos.

“La España de hoy es muy diferente, pero los privilegios siguen tal como quedaron consagrados en los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979, una extensión de los pactos que la Iglesia española suscribió con el dictador Franco en 1953”

El Concordato es un límite a la acción democrática, no lo digo yo, lo dijo el mismo Rubalcaba allá por el 2012; fue también su compromiso en el Congreso que celebró el PSOE en Sevilla y que le dio la Secretaría General: la revisión de los acuerdos con la Iglesia. La apuesta por el Estado plenamente laico fue uno de los ejes del programa con el que el presidente Pedro Sánchez llegó por segunda vez a la Secretaría General del PSOE. En su documento programático, 'Somos socialistas - por una nueva democracia', el hoy presidente del Gobierno apostaba por que "España debe consolidar su condición de Estado laico" y eliminar el velo de confesionalidad que, 40 años después, continúa copando los actos públicos.

La España de hoy es muy diferente, pero los privilegios de la institución siguen tal y como quedaron consagrados en los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979, una extensión de los pactos que la Iglesia española suscribió con el dictador Franco en 1953. El Concordato del 79, aprobado después de la Constitución pero pactado a la par, otorgaba una posición de privilegio a la Iglesia católica.

Nuestro último Congreso, el 39, subraya que la naturaleza laica del Estado se ha de traducir en una potenciación de la educación laica y en valores, que se oriente a lograr que los centros educativos sean escuelas de ciudadanía, reforzando el futuro y el valor de la democracia. En cuanto a la religión, la propuesta es rotunda: "Ninguna religión confesional debe formar parte del currículo y del horario escolar". Por tanto, hay que sacar la religión del sistema educativo, sea público o concertado, y el impedimento son esos acuerdos con la Iglesia, acuerdos que habrá que denunciar. Aunque el Concordato tenga rango de ley internacional, que suscriben dos estados, España y el Vaticano, y que romperlo podría tener implicaciones políticas y diplomáticas. El Gobierno socialista, de momento solo envió algún mensaje.

Dicho lo anterior, me parece básico y razonable que estando en el Gobierno se inicie cuanto antes, este mismo otoño, un diálogo fluido con el Vaticano sobre la necesidad de avanzar en la reforma del Concordato, acuerdo que —doy por hecho— no podrá llevarse a cabo en lo que resta de legislatura, pero que entiendo sería un error dejar ahora en vía muerta. Por tanto me atreveré a hacer públicamente la siguiente sugerencia: créese un Alto Comisionado para la reforma del Concordato con rango de secretario de Estado, dependiente funcionalmente del presidente del Gobierno, y en coordinación con el Ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación.

 

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