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Político de prestigio

Juan A. Gallego Capel

Al hilo de mi anterior artículo “Prestigiar la política”, y desde el convencimiento de que en este país hacen falta reformas de calado, por supuesto constructivamente con sosiego y desde un amplio debate por el conjunto de las fuerzas políticas y de la sociedad civil, debiendo contemplar un nuevo modelo de Estado, republicano, federal y laico; hay que acabar con el principal problema como es la lacra de los políticos profesionales que lo condicionan todo y sus privilegios. Nadie (haciéndolo bien) debería estar en un cargo de responsabilidad institucional más de 8 años. Por supuesto, sin que pueda acumular cargos, sean orgánicos o institucionales (una persona, un cargo, de lo contrario serian jueces y parte) y debe prevalecer éste, pues es el institucional con los presupuestos que administran el susceptible para desviarse a conductas indeseables e incluso corruptas. Los partidos, sus estructuras jerárquicas, sufren un déficits de calidad democrática, y sus bases son meros “ceros a la izquierda”, dependiendo para acceder a los mismos del dedo de los respectivos jerarcas. En consecuencia, se deben implantar las listas abiertas; y las primarias, que no sean a la carta y exclusividad de los dirigentes.

“Resulta despreciable que se coloque reiteradamente a un político con el que no se sabe qué hacer porque no tiene forma de ganarse la vida tras su etapa política”

Desvestir a un mono para vestir a otro es lo que sucede cuando se demuestra falta de respeto por el electorado. Resulta despreciable que se coloque reiteradamente a un político con el que no se sabe qué hacer porque no tiene forma de ganarse la vida tras su etapa política. Y es despreciable, entre otras cosas, porque la tarifa de dicho cargo la pagamos todos, y me estoy refiriendo en concreto al que ocupara cargos sucesivos como alcalde, consejero, diputado en las Cortes, delegado del Gobierno en la Región de Murcia y recientemente designado senador autonómico.

Si hay que prestigiar la política, yo quisiera ahora poner en valor al político de prestigio. Muchos de nuestros representantes carecen de trayectoria profesional porque se han dedicado de forma plena a la política incluso desde su etapa de formación. De la militancia precoz al paso por las juventudes; de ahí a cargos municipales menores; y, si todo va bien, el salto al ruedo regional, nacional e internacional. Al final el peligro es ese, que defiendan su forma de vida más que la de otras personas. 

Rajoy entró en política en 1983, con 27 años, empalmando cargos públicos: presidente de Diputación, vicepresidente de la Xunta, diputado, miembro de la Ejecutiva Nacional del PP, ministro, vicepresidente, presidente de su partido y del Gobierno. Aprobó la plaza de registrador de la propiedad con 24 años y se ha puesto a ejercerla ahora, a punto de jubilarse, pero porque lo echaron de la política, no por voluntad propia.

Un político de prestigio debe primero ser para luego poder parecer, ser genuino, auténtico, mostrarse como es. El prestigio se construye en base a la forma de vida, a su capacidad para asumir responsabilidades. La secuencia sería: respeto, credibilidad, confianza. El político tiene que vivir lo que predica. El prestigio genera credibilidad que produce confianza, que se consolida con la honradez, la integridad en el obrar. Un político de prestigio sabe entrar y salir de la política. Y lo que es más importante, podrá volver cuando quiera.