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Ni chicha ni limoná

Juan A. Gallego Capel

Como el título de aquella canción del gran Víctor Jara, asesinado por el malnacido Pinochet, a aquellas personas que están en el Partido Popular les diría que lo del congreso extraordinario de este pasado fin de semana “ni chicha ni limoná”. Si hay un partido político en España que suspende en calidad democrática ese es el Partido Popular y lo hace también en transparencia y en coherencia política. El resto no es que estén para tirar cohetes, pero lo del PP es para que se lo hagan mirar.

“Sin autocrítica, sin condenas a la corrupción, sin debate sobre las ideas, haciendo caso omiso a la inteligencia colectiva que representan sus bases, no es posible la regeneración”

Rajoy un ejemplo de dirigente irresponsable, cuyo empecinamiento en no dimitir abocó a una situación extraordinaria. No, no tuvo ningún sentido de Estado quien, siquiera como último servicio a la nación y por patriotismo —un valor tan en desuso como digno de los mejores servidores públicos—, debiera haber asumido que su tiempo político había concluido y haber presentado hace años su renuncia a su cargo. No hubiera dado lugar a echarlo con la Constitución en la mano mediante una moción de censura. Ahora estaríamos en un escenario diferente, los españoles lo agradecerían.

El PP destrozó su discurso, y la sucesión de Rajoy puso al descubierto la división interna, aparentemente reflejada entre Soraya y Casado, de un partido que hacía de la unidad uno de sus grandes valores. Ha puesto al descubierto que su bases no pintan nada y ha echado por tierra el discurso de que debe gobernar el más votado.

Sostener una base de 865 mil afiliados era mentir. Mientras que el resto de partidos veían menguar el número de militantes, la cúpula descarada del partido los aumentaba sin notar, por ejemplo, los escándalos de corrupción. Las cifras no cuadraban; la opacidad del PP, sus cuentas en ‘B’ no permitían conocer el dato exacto.

Al final los compromisarios, básicamente barrigas agradecidas, los que todavía pretenden seguir viviendo de la política, retorcieron la voluntad de sus militantes apostando por el continuismo, más de lo mismo, ni chicha ni limoná. Que nadie piense que Soraya era la representante del centro derecha y que Casado hará girar al partido a la derecha. No, el PP siempre estuvo ahí, en la derechona más conservadora y que todavía tiene que hacer su purga; lo de este fin de semana sólo fue un paripé. Ojalá la nueva dirección del PP dé un giro a su modelo de partido como regenerador de ideas, pero dudo que sea así. Y es que sin autocrítica, sin condenas a la corrupción, sin debate sobre las ideas, haciendo caso omiso a la inteligencia colectiva que representan sus bases, no es posible. Han cambiado de cara, una cara más joven pero sin experiencia, ni profesional (no sabe qué es cotizar a la Seguridad Social como empleado ni por cuenta propia ni ajena) ni política. Otro como nuestro Fernando López Miras, un teledirigido.

Sólo por recordar: cuando el PP todavía era Alianza Popular, el partido celebró unas primarias en las que compitieron Antonio Hernández Mancha y Miguel Herrero Rodríguez de Miñón para suceder a Manuel Fraga. Ganó Hernández Mancha, pero alrededor de Rodríguez de Miñón se creó un grupo de críticos entre los que estaban Aznar, Rajoy, Rato y Ruiz-Gallardón. Los críticos exigieron la dimisión del presidente de AP, quien claudicó en 1988. Fraga volvió, convirtió AP en el Partido Popular y dejó paso a Aznar.

Cuando un Congreso se cierra en falso, no es fácil cerrar la caja de Pandora.