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15-M

Juan A. Gallego Capel

Aquello que fue una manifestación de protesta contra el estado general de las cosas y terminó convirtiéndose en una larga acampada en la Puerta del Sol de Madrid, con iniciativas semejantes en otras ciudades españolas, acabó por modificar el panorama político español. Lo que querían los ciudadanos que salieron entonces a la calle era protestar por la falta de sintonía con los políticos que vivían de espaldas a la realidad y por la ausencia de respuestas a los problemas de las generaciones más jóvenes y a la dureza de la crisis. Los llamados ‘indignados’ exhibieron su radical rechazo a la manera de gestionar la cosa pública, lo que cuajó en una fórmula que se hizo viral: ‘No nos representan’. Años después, aquella desordenada expresión de un malestar colectivo ha contribuido a transformar la manera de hacer política en escenarios con muy pocas mayorías indiscutibles en los que hará falta dialogar, llegar a acuerdos, pactar.

“En esos días se criticó, y con mucha razón, ese argumento falaz de que la crisis se había producido porque habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, sobre todo porque lo esgrimían quienes se habían puesto las botas saqueando el dinero público”

El 15-M consiguió canalizar la frustración de una población abatida por los golpes de la crisis e irritada por unas organizaciones políticas interesadas tan solo en conseguir recursos financieros para asegurar su sostén, incapaces de dar soluciones a los graves problemas de una sociedad globalizada. La Puerta del Sol proyectó al mundo la voluntad de unos ciudadanos que, como se vio en otros lugares, reclamaban más democracia y una transformación radical de la obsoleta forma de hacer política. No hubo consignas partidistas en el 15-M, por mucho que ocurriera en plena campaña electoral, porque lo que se exigía era otra manera de hacer política.

Las calles se llenaron de las reivindicaciones más diversas que en parte querían imitar el viejo espíritu de las revueltas de mayo del 68; también se ejercitó allí la llamada ‘democracia real’, con largas asambleas en las que se daba forma a las protestas. La incógnita que planeaba sobre el 15-M era si sería viable llevar a las instituciones un desencanto y una ira que procedían de tan distintas fuentes, o si los indignados simplemente se desentenderían del Estado de Derecho para darle la espalda a cualquier batalla parlamentaria.

El 15-M fue un movimiento ciudadano, nada politizado. Por supuesto, de una amplia mayoría de participantes del ala izquierda, pero en su momento las reivindicaciones eran mucho más cívicas que políticas. Nadie hablaba de “construir pueblo” ni de “romper el candado de la Constitución del 78” ni de “plurinacionalidad” ni de referendos soberanistas ni de nada de eso. Lo que se pedía, y con mucha razón, era una serie de medidas inmediatas que saneasen un sistema político que se veía como ineficaz y corrompido: regeneración política, freno a la corrupción, una democracia de más calidad dentro de los partidos, una política económica que apoyase a los jóvenes que se habían quedado excluidos del sistema laboral, una audaz política de viviendas públicas que evitase los desahucios y los alquileres por las nubes, todo eso. Por cierto, durante las movilizaciones del 15-M se criticó, y con mucha razón, ese argumento falaz de que la crisis se había producido porque habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, sobre todo porque lo esgrimían quienes se habían puesto las botas saqueando el dinero público. Pero me resultó curioso que nadie se plantease si el sistema político que tenemos, el de las autonomías que gastan muchísimo y a menudo sin ningún control, es sostenible para una economía tan débil como la nuestra. De eso no se debatió durante el 15-M. Y todavía sigue sin decirse nada.

Concluyendo, lo que está todavía por ver es si los partidos de izquierda jóvenes y no tan jóvenes son capaces de demostrar que quieren mejorar la calidad democrática del sistema. Lo demás, las promesas y la algarabía, es lo más fácil. Toca no frustrar a todos los que hayan podido seducir.

 

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