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Conciencia republicana

Juan A. Gallego Capel

Hay argumentos de muchísimas reflexiones que critican el llamado Régimen del 78, es la idea de que existe un modelo mejor, de mayor calidad democrática. Aunque los que así piensan no conocen ni lo que es una dictadura, ni lo que es una democracia, ni lo que era el pueblo español en los años setenta.

Un régimen en el que la falta de libertades facilita la impunidad absoluta del poder a la hora de fijar leyes o de violarlas ante la indefensión absoluta de la ciudadanía es una dictadura. Cuando se sufre una dictadura, salir de ella es la tarea principal de los demócratas. Salir de nuestra dictadura costó duros años de lucha, torturas, ejecuciones, exiliados y soledades. Los antifranquistas eran una minoría. La mayoría de la gente evitó en lo posible meterse en problemas; el compromiso por la exigencia de democracia fue una quimera y se dedicó a disfrutar del desarrollo industrial iniciado en la década de los 60.

"Que hayamos llegado hasta aquí es un mal síntoma; esto no es la democracia por la que tanto se luchó"

Las críticas a la Transición son injustas. Cualquier democracia es un lugar lleno de conflictos, posibles corruptelas, derechos que reivindicar y objetivos que alcanzar. Pero cuando se habla de la memoria histórica, no se puede responsabilizar a aquellos políticos. Estaría bien que pensásemos en los de ahora, autoridades de una democracia ya consolidada que pudieron buscar la verdad, la justicia y la reparación sin la sombra de un ejército golpista y de una policía amenazante.

La derecha española, el Partido Popular con sus políticas, está llevando a España al caos. Basa el desarrollo económico en la desigualdad y en la separación cada vez más de la clase social en beneficio de unas élites que utilizan el Estado en su propio beneficio. La corrupción y los tratos de favor son inadmisibles.

Pero por mucho que nos indigne la corrupción, la práctica del populismo degradador provoca conflictos incluso de soberanía. Miremos lo que está ocurriendo con Cataluña, o la provocación a vueltas del nacionalcatolicismo. El Código Penal español es otro ejemplo del deterioro democrático; cada reforma ha limitado conquistas, añadiendo autoritarismo. Unas fuerzas políticas xenófobas ultranacionalistas que canalizan un rechazo al inmigrante, una especie de alergia, cuando se adoptan posiciones de exclusión. Unas notables dosis de cinismo, como describe Pérez Tapias en su último libro, La insoportable contradicción de una democracia cínica. Pero el pensamiento tiene poco que decir cuando los gobernantes están dispuestos a jugar con las emociones de manera mezquina. Las emociones pueden servir para movilizarnos en nombre de la convivencia y la justicia o para empujarnos hacia el odio o el miedo.

Que hayamos llegado hasta aquí es un mal síntoma; esto no es la democracia por la que tanto se luchó. Dejemos de pensar en el 78 y expliquemos a la gente lo emocionante que es confluir en la defensa de la sanidad, la educación pública, el trabajo decente y el deseo de una igualdad plena. Es imprescindible ganar condiciones para una democracia digna, que incluso merezca ese nombre; con un gobierno en el que los ciudadanos participemos activamente en todo aquello que nos afecta, con capacidad para decidir y deliberar y encauzar un futuro que es colectivo, que es de todos. Si no logramos eso, podemos vernos en una situación de barbarie. El poder económico y el capital tienden al monopolio, y lo único que lo puede frenar es una democracia de verdad. Es ahí donde la ciudadanía tiene que hacer valer sus derechos y su compromiso, y así salvar la democracia y a la sociedad civil.

 

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