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Los centrados

Juan A. Gallego Capel

Mis compañeros que llamaban al PSOE a la centralidad y a actuar con prudencia y responsabilidad han resultado ser muy extremistas a la hora de defender sus intereses particulares. Actúan e imponen su credo moderado sin ninguna moderación. No se trata de una novedad, desde luego. Aquí no se llama moderada o de centro a la persona prudente, capaz de matizar sus ideas y de hacerlas compatibles con la realidad. Un centrado es, en nuestra política, el partidario del orden establecido. Y si este orden da muestras de disparate, justificar el disparate acaba considerándose un signo de centralidad. El moderado o el prudente no es el civilizado, ni el justo, ni el individuo que asume la virtud pública, sino la voz a través de la que habla el poder reinante. El centrado dice “yo soy el que modero la discusión”, a veces con garrote, a veces con ese nudo de corbata que conforman las mentiras oficiales.

“Aprovechar la crisis económica para un masivo deterioro laboral ha empujado a la sociedad hacia territorios de pobreza y precariedad poco compatibles con la centralidad”

Las élites económicas han sido más extremistas en sus exigencias que los políticos que las representan. El mundo del trabajo es el factor decisivo en la generación de civismo e igualdad democrática. Aprovechar de manera descarnada la crisis económica para un masivo deterioro laboral ha empujado sin escrúpulos a la sociedad hacia territorios de pobreza y precariedad poco compatibles con la centralidad. Los de centro han puesto en quiebra el sistema que dicen defender con su avaricia. Cuando la realidad se hace incompatible con las mentiras oficiales, es la pura derecha puesto que cambia sin rubor la corbata por el garrote. De ahí que se hayan aprobado leyes mordaza, confundido la protesta legítima con el desorden público y transformado en delito el derecho de huelga.

Acaso son extremistas quienes piensan que los procesos democráticos son la única forma legítima de abordar la articulación territorial de un Estado, quienes están cansados de vivir en un país donde el presidente de Gobierno no dimite cuando se descubre su complicidad con su partido podrido de corrupción, quienes se escandalizan de que un miembro del Gobierno, descendiente orgulloso de represores franquistas, se reúna con un alto cargo policial e implique a la fiscalía con la intención de enturbiar la imagen de los oponentes políticos de su partido, etc.

No lo oculto, pertenezco al ala izquierda del PSOE. Soy, como muchos, un rojo radical porque en los últimos seis meses he cantado la Internacional Socialista más veces que en todos los actos de este partido en los últimos seis años. Soy un rojo radical porque me emociono al ver como compañeras y compañeros de partido llenan desinteresadamente cada semana los actos que se convocan en apoyo de la candidatura que representa Diego Conesa en el PSRM. Debo ser un radical porque he renovado una esperanza que tenía perdida, porque no creo que existan dioses del socialismo que con su varita mágica elijan a nuestros representantes; soy un rojo radical que junto a miles de rojos radicales hemos visto como nuestra tristeza, al compartirla, se ha vuelto la rabia del cambio.

Lo único que me asusta ante el futuro es que esos que llaman a la centralidad consigan perpetuar su radicalismo en la desigualdad, la impunidad y el deterioro de los valores democráticos. Sólo es peligrosa la realidad que se pudre bajo las mentiras.

 

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