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Democracia: calidad o cantidad

 

Parece evidente afirmar que existe insuficiencia de democracia, entre otros motivos, porque no se han creado mecanismos para evitar el incumplimiento de programas políticos y tampoco se ha promovido la realización de procesos de rendición de cuentas por parte de los responsables de los partidos políticos.

 

Delegamos en los representantes electos una autoridad enormemente discrecional en decisiones de extraordinaria importancia. A partir de ese momento, ya no disponemos de posibilidades para poder controlar el cumplimiento de los programas electorales y la gestión realizada por los representantes políticos, ni de canales para poder expresar apoyo o rechazo a los posibles pactos de gobierno entre diversas fuerzas políticas.

 

Para construir una democracia de calidad, es imprescindible que los partidos políticos impulsen procesos regulares de rendición de cuentas sobre su actividad, tanto a nivel institucional como a nivel orgánico. En ese sentido, el partido que sea pionero en incluir este compromiso, será bien considerado por la sociedad.

 

Alguien despistado puede pensar que los propios militantes cumplen con el derecho que tienen, como ciudadanos que lo son, de dar respuesta a ese encargo, de supervisar y controlar el cumplimiento del programa y exigir la rendición de cuentas; pero no, nada de eso. Más allá de los puntuales éxitos y batacazos electorales, hay quienes reclamamos una renovación profunda en materia de democracia interna, por una simple coherencia con la propia convicción democrática.

Nos encontramos con una crisis de legitimidad del sistema, que tiene mucho que ver con el funcionamiento oligárquico de los partidos políticos; el profundo distanciamiento de los programas partidistas de su base militante; la pérdida de ideología; y la utilización, en definitiva, de estas organizaciones como «puentes» de acceso rápido al poder, para la provisión de cargos y la obtención de prebendas, dejando de lado la acción colectiva propia de principios y fundamentos de la democracia.

 

De verdad y sin maquillaje, el cambio de modelo de partidos es fundamental. Sin organizaciones transparentes, más democráticas y abiertas a la ciudadanía; en la sociedad de hoy, los partidos políticos, si no se trasforman caminarán lenta pero inexorablemente hacia la deslegitimación y la irrelevancia. Sus líderes, las actuales cúpulas, se aferran a unos estatutos que sólo son revisables en congresos que se realizan cada cuatro años, y a los que desde arriba siguen calificando como una especie de democracia última y perfecta; pero mientras tanto, la sociedad se transforma muy al margen de los partidos.

La adopción sistemática de “primarias abiertas” es un paso, pero hace falta mucho más, por ejemplo, la “división de poderes” en la estructura orgánica de los partidos, porque la pérdida de confianza, la desafección hacia el poder absoluto que se ejerce (el poder corrompe), y su diligencia y eficacia dependerá, esta vez sí, de los afiliados, del impulso que ellos mismos proporcionen, porque la indiferencia es una de las peores actitudes que se pueden adoptar.

 

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