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Recuerdos

Francisco Saura

Estábamos en eso o en aquello, no lo recuerdo. El mar era blanco, extrañamente blanco, con cremalleras de verde aquí y allí. Solo la luz de la mañana sabía de qué se trataba, cerca de Manchester o en las hoscas praderas de la campiña marina. Ella era hermosa (qué se puede decir cuando se habla de ella, el cabello rojo que recordaba los rayos mortecinos de poniente y su piel limpia, que intuía el tacto de la seda y el sabor de las cerezas maduras) apoyado su cuerpo en la balaustrada, a lo lejos los restos de la tormenta, las acacias húmedas a su espalda.

Solo la luz de la mañana...

Era día de tragedias. Desde el alba hasta medianoche. Catorce horas de sangre en la luz. Habitábamos ese lugar de odio que los profetas llaman infierno. Las llamas, los gritos, el llanto, el poeta quemando sus sonetos. Te recuerdo allí, amor, y no puedo asegurar que tu presencia reconfortara el dolor, ese terrible dolor que se extendía hasta completar el útero de la desesperación. Día largo y pesado, de granito soportado sobre nuestras cabezas.

Y sin embargo no recuerdo por qué éramos dos gotas de agua idénticas cayendo sobre la parrilla antes de que nos crecieran alas, y plumas y unos ojos con las pupilas enormes. Tal vez todo aquello fue antes de la vida, o en el primer instante de la vida. Cuando nos conocimos siendo objetos inertes dispersos al azar en un universo también blanco (como el mar).

Ella era hermosa, lo presiento. Aunque el pasado se envolvió en un capullo de seda. Tejió y tejió hasta dispersarse en el viento (en ese viento que huele a ti y que no puedo apartar de mis mejillas).

Ella era infinita como la oscuridad entre las estrellas. La buscábamos entre las hojas de las hayas, allá arriba, oliendo el musgo y escuchando el eco del manantial cercano. Pero solo había silencio.

Solo la luz de la mañana, amor.

Te he buscado debajo de las piedras del mar, he abierto la cremallera y de su interior ha brotado inmundicia. Y ahora ardo junto a tu cabello (ese cabello rojizo que cubre el paraíso) y sé que en algún momento yacimos en un lecho de sal, tu cuerpo sobre mi cuerpo y a lo lejos los restos de la tormenta…

Estamos muertos. Me lo dice tu aliento (la ausencia). Aquel tiempo quedó muy atrás y ya nadie recuerda el crimen ni al asesino, aunque tú y yo sabemos que el tiempo es distinto para los recuerdos. Unos se disipan en el mismo momento de suceder, otros no ocurren nunca pero tú los has vivido y sabes que son únicos (aunque los periódicos no hablen de ellos ni nunca boca humana los haya pronunciado).

Eres el recuerdo que nunca viví aunque perviva eternamente en mi alma. En eso nos parecemos: en no habernos cruzado nunca en el torrente de la vida pero ser consciente de nuestra existencia mutua, bajo las estrellas, tu cuerpo sobre el mío, tu boca sobre la mía.

La luz de la mañana, amor.

 

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