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La cutrez de Lo Pagán (la mirada de un niño)

Francisco Saura

Hace unas horas me advirtieron sobre un artículo de Alberto Olmos, "Lo Pagán: unas vacaciones en el lugar más cutre (y divertido) de España” en El Confidencial. La lectura a veces resulta plácida, intensa, aburrida e incluso indignante. Y con certeza hay mucha gente molesta por el artículo del escritor segoviano. En mi caso, lo he leído cuatro veces y no consigo entenderlo como un escarnio o burla de esta localidad a las orillas del Mar Menor. Es la experiencia vacacional de un señor de Segovia que contempla con otros ojos la realidad, o que al menos intenta buscar otra lectura de lo que observa. Un artículo que en realidad habla más de cómo fue el pasado y de cómo permanece en la memoria. Porque una feria como la que describe no debe ser muy diferente de las de ciudades y pueblos de la Castilla La Vieja actual. Podría haberse detenido a observar el tipo de desarrollo urbano de Lo Pagán o haber ido más lejos y contemplar el paisaje de Las Encañizadas, con el fondo de los edificios de La Manga recortándose sobre un cielo brillante. En realidad no es lo mismo visitar por primera vez un lugar en la edad adulta que haberlo contemplado en la niñez. El acercamiento es diferente. Los adultos tendemos a ser críticos con nuestro entorno reciente pero con frecuencia sublimamos lo vivido en la infancia. Posiblemente la literatura no se entienda sin la mitificación de sucesos y sentimientos que cuando ocurrieron carecían de importancia a ojos de un niño.

“Con el tiempo no dejo de lamentar que cogiéramos caballitos de mar para disecarlos, pero aquel era otro mundo, todavía alejado del desarrollismo turístico, de la destrucción de la naturaleza, de todos aquellos excesos que ahora solo pueden provocarnos pesar”

Alberto Olmos habla, creo entenderlo así, de la felicidad de su hija en la feria de Lo Pagán que, sin duda, debe ser también la suya. Y tengo que confesar que yo fui también feliz en aquel pueblo de la costa, no tanto por la feria (no guardo ningún recuerdo de infancia de la misma) como de esos dos meses de 1968 o de 1969 (el año no está fijado y depende si "2001, una odisea en el espacio" fue estrenada en el cine de verano en uno u otro año). Todavía recuerdo esa noche: mis primos, mi hermano y yo subidos en lo alto de una pila de ladrillos, el muro del cine enfrente ocultando una parte mínima de la pantalla y al astronauta intentando desconectar la computadora). No hay noche alguna de mi infancia que tenga grabada como aquella. Nunca sabré la razón pero fue en Lo Pagán. Yo tenía cuatro o cinco años y aquella noche debió ser especial por algún motivo que desconozco (nunca quise ser astronauta) y aún recuerdo la oscuridad del edificio en construcción, los pinos a un lado, la tibieza húmeda de la madrugada que todavía hoy la siento en la piel.

Pero no todo fue aquella noche. Fue un verano de excursión permanente a la playa, al Molino de la Calcetera, de la pesca de zorros, de cangrejos, de las cañas de pesca artesanales, del viento de Levante, de los baños y la alegría de la niñez. Con el tiempo no dejo de lamentar que cogiéramos caballitos de mar para disecarlos pero aquel era otro mundo, todavía alejado del desarrollismo turístico, de la destrucción de la naturaleza, de todos aquellos excesos que ahora solo pueden provocarnos pesar. El Mar Menor fue un paraíso natural seguramente comparable con el Parque de Doñana. Todo eso acabó y difícilmente volverá.

Lo Pagán sigue ahí, en mi recuerdo. Reconozco que hay cosas que no me gustan, en realidad nunca me gustaron. Como el pensar que el Mar Menor podría soportar la barbarie de la especulación urbanística, o que la agricultura intensiva no lo llevaría a un estado crítico de casi imposible retorno. ¡Sus aguas eran tan cristalinas hace tan pocos años!, ¡sus azules tan diversos y hermosos!, ¡la luna y la estela que dibujaba en la rizadura del mar tan brillante! A la ciudadanía de esta región nos toca penar con el desastre, pero el Mar Menor sigue estando en mi corazón y en la memoria, y Lo Pagán es un retazo de mi niñez.

Hace muchos años que derribaron el cine de verano para levantar nuevos bloques de edificios. La urbanización fue alejándose de la primera línea de costa y hoy Lo Pagán es un pueblo turístico que se extiende hacia el interior y hacia los límites del Parque Regional de Las Salinas de San Pedro, este último un lugar de dunas fijadas por la pinada, de hermosos paisajes en los crepúsculos del otoño y de la primavera. Tal vez el crecimiento desordenado, las imposibles calles de la localidad, el bullicio del paseo, el olor a fritura de pescado, a churros, las luces de la feria, el caos organizado del verano, llamara poderosamente la atención del escritor. Pero seguramente habrá que haber conocido Lo Pagán a finales de los sesenta y principios de los setenta para que el acercamiento a un lugar semioculto por la calima del paso del tiempo, huela a auténtico. O retroceder aún más y leer “Mar Menor”, de Juan Goytisolo, un cuento irregular, imperfecto, pero que nos habla del Mar Menor, del viento levante, de la laguna revuelta, de las culebras, del fuego y del caldero haciéndose lentamente. Y también de las tragedias, las llegadas de Barcelona y las propias.

Sé que Alberto Olmos no desprecia Lo Pagán con su artículo, que posiblemente observe con otra mirada la realidad que le rodea (¡para eso es escritor!). Pero él sabe que la belleza, o el valor que damos a las cosas, depende de la mirada de un niño. Seguramente sus hija retendrá la feria de Lo Pagán, las camas elásticas, el caos y las luces, en su memoria. Y tal vez nunca vuelva a este pueblo del Mar Menor, pero no me cabe duda que si alguna vez escribe sobre él, lo hará desde el respeto y la simpatía.

Por mi parte, no sé si aquellos meses de verano fueron de felicidad en un lugar cutre o que todavía escondía en su alma de pescador la grandeza de una naturaleza humanizada. Décadas atrás, la gente de la huerta de Murcia bajaba al Mar Menor en carretas y montaba barracas que, en algún momento, eran desarboladas por el temporal de Levante o por una riada septembrina. Cuando yo conocí Lo Pagán había una fábrica de chocolate y un mar enorme en sus reducidas dimensiones. Y seguramente sonreí en muchas ocasiones, y es que cuando los niños sonríen, todos ganamos.

 

 

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