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¿Cómo decirlo? 8 de Marzo

Francisco Saura
Performance en la plaza Belluga la mañana del 8 de Marzo. (Foto: Carlos Trenor)

"Quien no se mueve, no siente las cadenas" (Rosa Luxemburgo)

Cumplimos las normas. Las que sean. Luego discutiremos sobre las mismas y juraremos sobre nuestros ancestros que las burlamos sin pudor alguno, que las normas están ahí desde el principio pero que son tan absurdas como el principio mismo. Aunque a veces el final también lo es. Los hábitos sociales son extraños. Somos tremendamente solidarios con una causa, o con la mitad de la misma, pero no nos ponemos en pie para verla en su totalidad. Abrigados en el hogar, en la cuadrilla o en el anonimato, nos sumamos a las causas justas, pero nunca lo suficiente. Hay que dar un respiro a nuestras ideas y a la gobernanza para que piense que hay salida, que el nubarrón es de órdago pero que la luz todavía transpira y quedan opciones de supervivencia. Vamos a romper las cadenas, pero no todas. Tenemos que ir quitando eslabones, primero los más antiguos y oxidados, los que aprietan el corazón y la carne. Luego los otros, los simbólicos, los que sólo pueden percibir una minoría, la llamada vanguardia que acaricia la verdad en la bola de cristal (se ve entre la niebla que envuelve el interior de la esfera).

“El día 8 de Marzo levantamos el esqueleto del futuro, pero este va a desconocer durante mucho tiempo la existencia de carne, sangre, respiración, pensamiento y movimiento”

De eso hablábamos un 8 de Marzo. De eso y de la perfomance en la Plaza del Cardenal Belluga. También del viento que sopla de ninguna parte (es un viento circular que huele a retama, a tomillo, a ciprés y a higuera) porque es local, desconocido en cualquier lugar del mundo por su sabor entre dulce y amargo. Y ahí estábamos mucha gente, frente al imafronte barroco de la catedral, y detrás el Moneo, y la luz del mediodía, y la sombra que todavía permanecía en el frontal del Palacio Episcopal. Un lugar idóneo, simbólico de los poderes terrenales y alguno celestial, que todavía el cielo es de cristal aunque lo contemplemos infinito y, a la vez, al alcance de nuestras manos.

Vivimos la ilusión de lo inconmensurable domeñado por la voluntad colectiva. Todo lo demás sobra. En realidad, todo lo demás siempre sobró a la hora de construir mundos paralelos al nuestro que, en un momento dado, invadirían nuestro espacio para hacerlo suyo. Eso lo sabemos porque lo hemos leído en los libros de historia. Pero siempre hubo un sombraje que proyectaba sobre el viento un famélico ejército de negaciones y muerte. Esas mismas sombras que se mueven a la espalda de la luz y del idioma de la liberación, que aparecen y desaparecen en las grandes concentraciones humanas en plazas y calles. Las llaman de mucha maneras pero siempre escinden lo real debilitándolo y haciéndolo incoherente.

El día 8 de Marzo levantamos el esqueleto del futuro, pero este va a desconocer durante mucho tiempo la existencia de carne, sangre, respiración, pensamiento y movimiento. Nos quedamos petrificados contemplando nuestra obra y desdeñando la de los demás. Solemos hacerlo sin pudor mirando al aliado y tildándolo de oportunista porque las exigencias son para los demás, no para los que guardan el fuego prometeico, que han sido muchos, distintos y distantes a lo largo de la historia. ¿Y qué queda de todo esto? Una hilera de cadáveres a modo de migas de pan a lo largo del camino.

Somos grandes, somos la luz que ilumina el territorio por el que no transitaremos. Hay lugares que nos están vedados, lugares que soñamos antes de despertar y descubrir el sol de la mañana reflejándose en el jarrón de la cómoda. Dentro la transparencia acuosa de los sueños, la mezcla de ideas, inclusiones y exclusiones, las aclaraciones sobre el 8 de Marzo y sobre las luchas pasadas, presentes y venideras.

¿Cómo decirlo? La corriente nos arrastra y nos arrincona en un remanso que ni avanza ni retrocede. Es lo que ha ocurrido siempre y que se repite cíclicamente. Vemos pasar el arrastre de la riada y pensamos que nunca veremos los bancos de arena, allí donde se une el agua dulce y salada, ni el vuelo de las gaviotas y de los cormoranes. Porque allí dormiriámos al fin, confiadamente, viendo pasar las estaciones, las elipsis del sol y de la luna.

Adelante, pues, con el diablo en el cuerpo, porque este puede definir también la agenda política. A lo largo de los siglos hemos portado símbolos religiosos y pronto los descubrimos contradictorios con la libertad humana. Todo lo que llegó después lo hizo como un huracán que barrió el paisaje trastocando las imágenes que nos ofrecieron del mundo. Ahora todo está de nuevo diseminado al azar. Hay que buscar las piezas y encajarlas en el puzzle. Y la gente pensante tendrá que diseñar la ruta de nuestros fracasos y de nuestros éxitos, hasta saber por fin quiénes somos y cuál es nuestra meta, si la hay y no es de nuevo humo confundiendo nuestos sentimientos.

 

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