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Cambio político en la Región de Murcia

Francisco Saura

Nuestros neoliberales son parcos en palabras compasivas. Hablan mucho y brillantemente del mercado y sus maravillosos mecanismos de autorregulación. Poco de la importancia del azar en el éxito de los emprendedores, nada del cabildeo en la periferia o en el mismo corazón del poder, aunque mejor escribir lobby para saber de lo que estamos hablando. Llega un momento, en nuestras democracias avanzadas, en el que las dependencias de los partidos políticos en los templos de la soberanía popular se convierten en lugar de peregrinación. Por los despachos siempre se han movido perfectamente los grupos de presión económica, seguramente como Pedro por su casa porque, en muchas ocasiones, la casa de Pedro les pertenece a ellos y a sus exquisitas alabanzas y no menores apoyos financieros. No es dudosa la sospecha de que el dinero organiza el poder político a su antojo. En las democracias de calidad, en las deficientes y en las dictaduras de guante blando o duro. Pero esta es una certidumbre de la que no queremos hablar ahora. Tal vez en otro momento, después de ver la enésima película sobre los antojos de los poderes económicos en cualquier rincón del mundo, nos indignaremos y escribiremos sobre cómo la residencia de la soberanía popular se transforma en el mercado de los comerciantes.

“Durante casi un cuarto de siglo se ha edificado en la Región una vasta red de afinidades, apoyo mutuo y reparto del botín público que ahora se escapa como la arena entre los dedos”

No, ahora no queremos hablar de nuestros amos y señores. Tal vez lo hagamos de sus lacayos y de la aspiración de ocupar el puesto de los mismos. Todo depende de cómo evolucione este artículo, en línea recta o haciendo meandros y bancos de arenas en la orilla. No nos preocupa tanto el cabildeo como práctica sino como síntoma. Y más que el cabildeo, cómo este reorienta sus objetivos y los destinatarios de su credo en momentos de cambio político. Tal vez algo de esto esté ocurriendo en la Región de Murcia. Hablamos de posibilidad de cambio político en una comunidad autónoma en la que el PP ha sido todopoderoso durante casi un cuarto de siglo, que se dice pronto pero que escandaliza cuando se concluye que ha sido casi un cuarto de siglo perdido en la confluencia económica y social con el resto de España y con Europa. No obstante, si hay cambio político, que lo habrá, sus protagonistas no serán los enemigos del comercio, esa pléyade de individuos de ideas equivocadas sobre la igualdad, la justicia social y el mercado. El cabildeo no va por esos derroteros y tampoco lo entienden así los partidos políticos que se anuncian en vallas publicitarias o en periódicos pidiendo ser acreedores de la práctica desaparición del impuesto de sucesiones, de la gratuidad de los libros de texto o de la inversión de algunos, pocos, millones de euros en la recuperación del Mar Menor. El cambio político será hacia lo modernidad, el libre comercio y la felicidad universal de la ciudadanía.

Durante casi un cuarto de siglo se ha edificado en la Región una vasta red de afinidades, apoyo mutuo y reparto del botín público que ahora se escapa como la arena entre los dedos. Y los que nunca han tenido ideología, a no ser la del dinero, y nunca la tendrán, miran en derredor buscando el partido de nueva planta que mejor pueda cumplir sus designios. Porque los de vieja planta parecen llamados a una larga travesía por el desierto, sin agua y sin sombra, y con la posibilidad de que nunca alcancen el oasis redentor. Es triste decirlo, pero a rey muerto, rey puesto. Alguien dirá que al subir las escaleras de la Asamblea Regional o al cruzar en diagonal el Patio de los Ayuntamientos podemos encontrarnos con cadáveres políticos recortados sobre las obras de Pepe Lucas o contemplando melancólicos los escudos de los municipios. Cosas del cambio político, de la circunscripción única y de veinticinco años estériles.

La Asamblea Regional se ha convertido en santuario de peregrinación. Mucha gente llama a la puerta, mucha otra es escuchada, apoyada y mencionada en las comisiones y en los plenos; otra tanta busca algún apoyo después de tantas décadas de asfixiante y marmórea hegemonía social y política del PP. Pero mucho nos tememos que la mayoría de los que buscan apoyo y comprensión en aquel santo lugar de la Avenida de Alfonso XIII serán despedidos con buenas palabras y esperarán ansiosamente una llamada telefónica que nunca se producirá. Porque una cosa es clamar contra una injusticia y pedir que se solucione y otra es sentir el poder del visitante, siempre asociado al mercado y al dinero. Desgraciadamente entre nuestros políticos neoliberales existe la certeza que el mercado autorregulado lo arreglará todo y que, por tanto, habrá que agasajar a los que mejor lo representan. Es en este punto donde sentimos el hálito del cambio político: en el cambio de planta de las visitas de los cabilderos económicos cuando visitan la Asamblea Regional. Son los primeros en intuir el crepúsculo de unos dioses y la entronización de otros provenientes de no se sabe dónde. Lo vimos con la liberalización del mercado de las ITV regionales, lo vemos a diario en el desmoronamiento del PP y con la complacencia de algunos diputados que atribuyen su buena estrella a su sapiencia y no al azar que ya intuyera Hayek en el libre comercio. En este caso, llegamos incluso a sentir compasión por los políticos con los que hemos tratado en este último cuarto de siglo. Los momentos crepusculares hacen humildes a las personas que ven aproximarse su fin y llenan de engreimiento a los que aguardan la herencia del poder y de todas las ambrosías que este proporciona, sean pecuniarias o no, inmediatas o pospuestas a un tiempo futuro y a algún puesto en un consejo empresarial.

El viento del cambio político sopla huracanado, pero ya solo es viento y silbo. No le acompaña la hojarasca ni la simiente venteada por los comunes.

 

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