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¡Vivas, libres, unidas por la igualdad!

Francisco Saura

“Si me das la espalda no me perderé”* (Rozalén)

La habitación está tenuemente iluminada con velas y quinqués. En la mesa, copas de brandy, una botella, los borradores de lo que será El Manifiesto Comunista. El humo flota en el ambiente, humo de tabaco. Cuatro personas leen en voz alta el texto, perciben incorrecciones en el mismo, corrigen, buscan la continuación de un párrafo.

“Un fantasma se cierne sobre Europa…”, “un fantasma recorre Europa…”. Son muchas las traducciones y giros idiomáticos a ese monumento panfletario que fue El Manifiesto Comunista, a ese breve texto que señaló un objetivo a la gran masa proletaria de la Europa del siglo XIX, que explicó coherentemente el desarrollo económico de la Humanidad y definió el sujeto revolucionario que habría de derribar el modo de producción capitalista, si utilizamos la terminología marxiana.

“Es hora de navegar al pasado en busca de los naufragios de la igualdad, rescatando las voces silenciadas y los gritos desgarradores ante el cadalso”

 No obstante la fortaleza de aquella escena (el humo denso flotando en el aire, la doncella sirviendo té, los escritos diseminados en la mesa, las copas, las luces que iluminan la habitación), nos quedamos con dos de las personas que sentadas a la mesa participan en la redacción del panfleto. No por su pervivencia en la memoria colectiva de las sociedades actuales, la que le da la historiografía clásica, incluida la de inspiración marxista. Se trata de dos mujeres, Jenny von Westphalen y Mary Burns, de las que se ha escrito poco, sobre todo de Mary, como se escribió poco o nada de tantas y tantas mujeres que cruzaron los siglos en rebeldía y fueron enterradas en ese lugar tan del gusto de las tiranías como es el olvido. Fueron muchas las centurias en que el silencio era la única forma de supervivencia. Las que no callaban eran sacrificadas en los altares de la luz, en la que la esperanza y la libertad eran rescoldos en las hogueras humeantes y la esclavitud comenzaba al cruzar los fosos de los castillos o los pórticos de las iglesias. En su interior, en su frío, inhumano y estéril interior vivían dios y sus ángeles.

Ahora vemos a Karl Marx y Frederich Engels sentados junto a Jenny von Westphalen y Mary Burns (imaginad una habitación de clase media del siglo XIX, las luces iluminando desde las paredes y desde la mesa, el humo del tabaco, el mechón de pelo de Marx sobre su frente, el peinado de Jenny, el cabello rizado de Mary, el cabello lacio y algo rubio de Engels, los folios sobre la mesa, los tachados, las correcciones, la frase alternativa en otro, la bebida, la concentración del intelecto…) pergeñando el panfleto político más influyente de los siglos XIX y XX. Dos mujeres que no aparecen en los libros de historia, tan vez en las biografías de Marx y Engels, en alguna frase descuidada de Los exiliados románticos de Carr… Y tal vez nuestra imaginación se evada y busque en la pintura aquel cuadro de Ilya Repin, Retorno inesperado.

Volvemos a aquella habitación (recordad: dos mujeres en una historia que nos dijeron que era de hombres, las luces, el humo, siempre el humo flotando en el aire, la doncella sirviendo el té…). Forma parte de la película Le jeune Karl Marx, del director Raoul Peck, que comienza con una memorable voz en off leyendo fragmentos sobre el robo de la leña y termina con la lectura del Manifiesto Comunista al tiempo que aparecen en escena imágenes colectivas del proletariado, esa clase objeto y sujeto del panfleto. Algo se mueve, algo cambia, un nuevo lenguaje llega a las calles mientras los académicos de la lengua se revuelven en sus sillones, una marea morada, un viento fresco que huele a nuevo, hay que apagar esa luz milenaria que ciega, que habla el idioma de la segregación y de la discriminación, deben emerger ese mundo olvidado en las sombras del pasado, que empuja derribando certezas, que niega la mayor, esa idea absurda de que solo la ley libera.

Tenemos que crear un arte nuevo que hable de la realidad y que no la oculte. Es hora de navegar al pasado en busca de los naufragios de la igualdad, rescatando las voces silenciadas y los gritos desgarradores ante el cadalso. Películas como las de Peck nos recuerdan esa necesidad, para construir un futuro igual, para no volver nunca más a ser olvido sino vida presente y futura.

(*) Entre el momento que terminé este artículo y le di al “enviar” del correo electrónico me han ocurrido dos cosas. En realidad muchas cosas: el sol bruñendo el mar, la bruma difuminando la Isla Grossa, una colonia inglesa celebrando el buen tiempo a orillas del mar con música en directo, el vuelo de las gaviotas, los cormoranes… Pero en realidad la estrofa de una canción de Rozalén y La forma del agua de Guillermo del Toro han sido mis descubrimientos de este fin de semana. Del segundo solo puedo esperar belleza en este mundo horrible. De la primera, el convencimiento de que con ocho palabras Rozalén ha dicho mucho más que yo con decenas de escritos sobre la igualdad entre mujeres y hombres. Realmente la vida es mucho más grandiosa de lo piensas cuando buscas en su interior las claves para entender la razón de su fluir. Tal vez por eso (y por lo que me queda por aprender) he cambiado el título a este artículo y espero con anhelo el 8 de marzo: ¡Vivas, libres, unidas por la igualdad!

 

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