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Quietud

Francisco Saura

Cuando el historiador ha ordenado las fuentes, desechado las que no aportan nada a su tesis, comienza el gran espectáculo de la devastación. Pocos son los historiadores que desdeñan la devastación y se centran en los lugares melosos que engordan el ego de las naciones y de sus gobernanzas. Pocos, sí. Porque cuando el historiador utiliza el bisturí para separar las diversas capas de ceniza y muerte que envuelven una guerra, una hambruna o una tiranía, se convierte en Dios y su público lee cada frase como un salmo bíblico. La palabra revelada de la devastación, una fotografía en blanco y negro de un camposanto, de una fosa de veinte metros de larga por cinco de ancha. Tierra ya firme sembrada de trigo, acaso un pinar en la umbría, a los pies de la buitrera.

“Nos tememos que en este país pequeño del Mediterráneo occidental se desconoce que, parafraseando a Eluard, hay otras realidades que conviven entre nosotros sin que podamos percibirlas”

Cuando un historiador mira de soslayo al público que abarrota la sala de conferencias, sabe que el bisturí ha separado las capas putrefactas del corazón del pueblo analizado y que queda expuesta a la luz, y a la mirada de los curiosos, la terrible devastación que se convierte en hielo y tragedia. Cada capítulo ("desde los orígenes", "la primera revolución industrial", "la situación del campo"…) está forjado con la dureza de las palabras que describen el holocausto de un pueblo. Los otros, los que llenan estadios, plazas de toros, plazas amplias y soleadas de las grandes ciudades, escriben en rosa sobre los caprichos del alma humana, sobre las máquinas y los maquinistas. Batallas en hermosas laderas verdes con castaños esparcidos al antojo de la mirada de las nubes.

La devastación, hermosa palabra que llena de libros honestos las secciones envueltas en polvo y telarañas de las bibliotecas.

Pero esta no es la historia de la que queremos hablar en este artículo. Tal vez hemos ido demasiado lejos en confundir la historia patria con la devastación permanente y a los timoneles de la misma con barqueros cruzando el río Aqueronte. Hay agua, mucha agua, en esta historia pero cuando la removemos con los remos se vuelve negra como la pez. Ya nos gustaría ver reflejados nuestros rostros en la cristalina pantalla dorada del mar, en los ríos y en la espuma amansada en la arena. Soñar en rosa, señalar las nubes que surcan el cielo con una mano resignada, seguir el tránsito del sol en el solsticio de diciembre. Para un historiador soñar es fácil: en gobernantes íntegros y dotados para transitar por los agujeros negros de los siglos, en periodos largos y alegres de paz en la campiña y en la calle estrecha, húmeda y solitaria de la arrabalía, en la eliminación de los regueros de porquería que corren paralelos a las ratas y a las enfermedades. Soñar en rosa y, por qué no, en violeta.

La violencia y la devastación son distintas caras de una misma realidad. Y deberíamos pensar cuáles deberían ser las caras de sus antagonías. Nos tememos que en este país pequeño del Mediterráneo occidental se desconoce que, parafraseando a Eluard, hay otras realidades que conviven entre nosotros sin que podamos percibirlas. En realidad, se desconoce la historia, y también la prehistoria. No hay historiadores que nos hablen de la redención de los ríos subterráneos que recorren tumultuosos las líneas de nuestro destino. Solo de la devastación y de la muerte. Y no hay nadie que escriba para iluminar esas otras realidades, las de un pueblo rebelde, inconformista, que ha derramado su sangre cuando era el producto más barato del dios mercado.

Cuando un historiador ordena las fuentes solo puede escribir sobre el olvido que nos cubre con su piel de silencio. Pero ellos callan y cuando transcriben las primeras ideas al procesador de textos las frases saben a melaza y a parásitos tropicales en las plantas de los pies. Nuestro mundo, ese país pequeño y oscuro que podemos recorrer en un día, ni tiene principio ni fin, ni dios ni diablo, ni cielo ni infierno. Solo quietud mientras todo se pudre, desde las raíces de los árboles hasta las primeras y últimas fuentes que utilizará el historiador para dejar su investigación en blanco. Como nuestro pasado, como nuestro futuro.

En blanco.

 

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