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Si yo fuera catalán

Francisco Saura

Si yo fuera catalán viviría en una confusión permanente; si fuera un catalán independentista, que parece un espécimen muy común en la otra ribera del Ebro, la confusión no lo sería tanto en cuanto a la calidad de las decisiones electorales que tomara. Por ejemplo, no buscaría los porcentajes de electores independentistas y no independentistas (o no constitucionalistas) en las encuestas periódicas de los medios de comunicación. Tampoco en los resultados de las elecciones. En las democracias no existe el derecho de autodeterminación de una parte de su territorio, eso es cosa de territorios coloniales. No yendo muy lejos, el Sáhara Occidental, aunque en este último caso tampoco es posible la secesión porque Marruecos es una dictadura. En realidad, la independencia de Cataluña es un tema de supremacistas, ricos insolidarios, populistas, españoles vergonzantes. Y así debe serlo porque lo dicen todos los medios de comunicación y, por supuesto, todos los políticos decentes que nos gobiernan o que aspiran a gobernarnos. Como escribiera un olvidado filósofo político alemán, un problema que no tiene solución, no es un problema. Yo añadiría que no siendo un problema si sería un foco permanente de insatisfacción y de amargura. ¡Ay de los países que viven siempre con un rictus de amargura!

“A veces me pregunto por qué hay gente que se indigna ante cosas que no le afectan y callan cuando se pudre nuestro mar chico”

Pero yo no soy catalán, ni soy un espécimen que ondea la estelada en el balcón de mi dulce hogar. Ni siquiera vivo en Cataluña. En realidad, mi relación con aquel lugar es casi exclusivamente cultural. Me gustan algunos de sus escritores, adoro los bosques de encinas, las costas escarpadas con pinos al borde del acantilado, los cosos taurinos abandonados donde crece el maquis, las iglesias románicas, los ríos fríos que descienden de las montañas, las cumbres celestiales… Y en Cataluña encuentro esas cosas. En Cataluña, en el País Vasco, en Asturias y Cantabria, también en Valencia y en Andalucía: paisajes, pueblos hermosos, riachuelos y montañas nevadas. Y verdaderamente tampoco soy vasco, ni asturiano, ni cántabro, ni valenciano, ni andaluz. En realidad, a veces me pregunto quién soy y por qué nací en un carril de la huerta murciana, junto al brazal, entre melocotoneros, limoneros, palmeras y moreras. También me pregunto por qué escribo, y qué hace que me indigne ante acontecimientos que a los vecinos de mi edificio les parecen normales, razonables, eternos. Y por qué hay gente que se indigna ante cosas que no le afectan y callan cuando se pudre nuestro mar chico. A veces solo deseo extender la mano, rodear su cuerpo y besarle la nuca.

Andamos inmersos en cuestiones de eternidad. Y cuando esto ocurre es como si la realidad no fuera de carne y hueso, de piedra, de agua, de sufrimiento y de lucha, y como si ya no nos doliera y no padeciéramos por lo más próximo. Pero alguien tendrá que recordar que el Mar Menor está moribundo, que hay pobreza, que la gente no llega a fin de mes y que de cuando en cuando arde una casa a la que le han cortado el suministro eléctrico. Pero andamos inmersos en cuestiones de eternidad y las aguas del Ebro bajan turbias mientras nuestras tierras se secan y nuestro futuro parece cada vez más oscuro.

Si yo fuera catalán tal vez pensara en estas cosas, pero no lo soy y aunque habito en el lado luminoso de la vida, a veces me gustaría sumergirme en las tinieblas y tentar con la mano el corazón del problema que nos amarga la existencia. ¿Qué es la libertad y cuáles son sus límites?

 

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