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A nuestros demócratas no les gustan los referéndum

Francisco Saura

En España hay alergia a los referéndum. No solo a los ilegales, lo que parece razonable, sino también a los que pueden ser convocados sin tacha democrática. Pensemos en el referéndum que podría haberse convocado cuando se modificó el artículo 135 de la Constitución Española. Sí, aquella reforma de agosto de 2011 pactada por PP y PSOE. Claro, somos partidarios de la representación indirecta, del cheque en blanco cada cuatro años. Luego, ya rectificaremos en las elecciones si lo consideramos necesario. Nos asomamos al abismo con un referéndum ilegal, el del 1 de octubre en Cataluña. Sin embargo, los padres de la patria, los que velan nuestros sueños, tampoco nos dejan asomarnos al abismo con referéndum legales. Porque ellos saben lo que nos conviene. Los referéndum son cosas de las dictaduras y sus promotores aprendices de tiranos. Mi abuelos y mis padres los vivieron con Franco. Mi madre me decía que había que santificar los designios del dictador. Que era sí o sí. Por eso a nuestros demócratas no les gustan los referéndum: porque lo mismo dices sí que dices que no. Y eso sí que es peligroso.

"Los sarpullidos de la democracia directa deben ser en exceso molestos para los padres de la patria"

La modificación del artículo 135 de la Constitución Española fue un mazazo para nuestro incipiente Estado del Bienestar.

Fue en agosto. Ya se sabe: la playa, el chiringuito, las olas y la cerveza con olivas y almendras. Debe ser duro para los padres de la patria molestarnos en esas circunstancias. Tal vez por eso no lo hicieron. La reforma constitucional no era un tema con bastante enjundia para molestarnos mientras contemplábamos el mar desde la tumbona o caminábamos por senderos de montaña. La verdad, cuando menos se nos moleste mejor, que para eso están ellos, para negociar con nuestras vidas y con nuestra decencia. 

Soy muy pesimista con nuestro futuro colectivo. Un país que considera que los referéndum son utillajes de las dictaduras no debe invitar a la alegría. Los sarpullidos de la democracia directa deben ser en exceso molestos para los padres de la patria. Es entendible. Todavía estamos a la espera de una revolución burguesa, de verdaderos liberales, del respeto a la diferencia. Estamos a la espera de que alguien nos diga que esto es Europa, no una tierra de clanes tribales. Mientras tanto hemos concluido que los sentimientos no nos pertenecen y que el desierto se extiende por las tierras de España. Mientras tanto en Cataluña llueve torrencialmente. Es otoño y retomo la lectura de Gil de Biedma.

 

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