Domingo, 22 Octubre, 2017 - 23:10
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In memoriam: Asun Hernández

Francisco Saura

Realmente no sé si hay alguna forma de vida después de la muerte que conocemos. Esa rápida o lenta, buena o envuelta en negra pena, solitaria o multitudinaria despedida definitiva que solemos representar antes de que el telón caiga sobre el escenario y a continuación suene, no sé, pongamos el Réquiem de Mozart. Tampoco sé si todas las personas que formamos la Humanidad somos actores o meros espectadores del drama de la Humanidad. Lo cierto es que con el tiempo solo la memoria nos mantiene unidos a gente que quisimos, admiramos o incluso despreciamos. Esa memoria que se va fragilizando con el tiempo y que va soltando amarras con los sabores, colores, sonidos y textura de aquello (¿qué fue?) que nos rodeó y a lo que, en algún momento, nos asimos para no vivir una vida rodeada con los materiales de un eterno naufragio.

"En todos aquellos ideales en los que que creyó puso la luz de su humanidad, una luz brillante, sin sombras que pudieran cobijar dobles sentidos"

Conocí a Asun Hernández hace más de una década. Por entonces, pertenecía a una asociación de apoyo a las personas que sufrían acoso laboral y militaba en la Intersindical, ambas cosas dignas de elogio en una época de desborde individualista y de hegemonía teórica y empírica de los reconstructores del dominio de clase. Era una mujer con una vitalidad extraordinaria que defendía los principios en los que creía con una alegría expositiva y una confianza en un futuro distinto que yo nunca tuve y no creo que llegue a tener nunca. No porque no crea que en un planeta en el que surgió la vida, y la inteligencia, y la filosofía, y la ciencia y la capacidad de contradecirnos individual y colectivamente buscando un algo extraño y todavía desconocido pero indudablemente mejor, no tengamos derecho a una oportunidad, a una sola oportunidad de ser nosotros y no ellos. Hablo tal vez de alienación o de como se llame aquella cosa que nos hace ser escépticos y que nos impulsa a seguir indagando en el porqué de las cosas.

La crisis económica dio al traste con muchas cosas. Por ejemplo, con un protocolo para adaptar o, en su caso, reubicar a aquellas y aquellos trabajadores que ya no podían realizar sus trabajos habituales por una merma en sus condiciones físicas o psicofísicas. Nada extraño en el entorno de la Unión Europea, por supuesto. Siete años después de la suspensión de la Mesa de Negociación que iba aprobarlo (estaba prevista su celebración el 15 de diciembre de 2010, días antes del primer tijeretazo) todavía seguimos sin el mismo. Quiero recordar aquellos momentos porque Asun estuvo en esa lucha. La salud laboral, el apoyo a las compañeras y compañeros que necesitaban que sus puestos de trabajo fueran adaptados, así como su compromiso contra cualquier forma de acoso laboral, fueron uno, no el único, de los luceros que la guiaba por la espesura de este mundo. El otro, además de todos aquellos que se me escapan y forman parte de su vida privada, fue la igualdad material entre las mujeres y los hombres. No me cabe duda que en todos aquellos ideales en los que que creyó puso la luz de su humanidad, una luz brillante, sin sombras que pudieran cobijar dobles sentidos. Porque Asun Hernández fue luz que perdurará en el tiempo. Lo sabe la gente de la Intersindical, lo sabe la gente que la conocimos.

La última vez que la vi fue en una reunión de la Comisión de Igualdad de Administración y Servicios, la reunión en la que se aprobó el Primer Plan de Igualdad de la Administración Regional y en la que la homenajeamos por su entrega al ideal de un mundo sin desigualdades por razón de género. Había participado activamente en el plan, realmente estuvo toda su vida participando en este o aquel plan, pero aquella reunión, la sabíamos ya enferma, se convirtió en un reconocimiento a su trabajo. Y de nuevo la luz, su luz, esa sinceridad que reverberaba en cada palabra que pronunciaba, en cada gesto que la acompañaba cuando defendía ese otro mundo posible, fue casi material cuando le dedicamos un cerrado y sincero aplauso.

El pasado lunes, a las 7.14 horas, recibí un mensaje por whatsapp comunicándome su muerte. Ella era de Cuenca y alguna vez hablamos de las Casas Colgadas, de su Plaza Mayor, tal vez de las águilas sobrevolando la quebrada de la laguna de Uña o de La Mancha conquense, tan distinta y distante a su serranía. Conozco aquellas tierras, tengo vinculación a las mismas, y he de decir que no me extrañaría que la misma noche de su fallecimiento una estrella nueva brillara sobre los oscuros campos en los que a malas penas crece el girasol (hay que ser de allí para saber con qué intensidad y claridad brillan las estrellas en aquellas tierras). Es posible que ahí resida la inmortalidad de alguna gente: en esa luz que nos deja cuando nos abandona y que nos guía en los combates del futuro. Sin duda, Asun Hernández la tuvo.

 

Comentarios

Enviado por Maite Lucerga Nieto el

Te agradezco mucho este reconocimiento a nuestra Asun, que aún sabiéndola enferma algunas creímos que volvería a superar el bache, especialmente porque así nos lo hizo creer ella con su optimismo y su alegría, con la ejemplar manera que ha tenido de llevar la enfermedad. Gracias de corazón Paco...

Enviado por Paco Saura el

Si a alguien hay que agradecer algo, Maite, es a Asun, por su ejemplo. Yo solo intento poner sobre el papel lo que mucha gente piensa y siente después con su viaje al centro de nuestros corazones

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