Domingo, 22 Octubre, 2017 - 23:13
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Soñar

Francisco Saura

Se ha escrito que el soñar debería considerarse como una de las Bellas Artes, y que como manifestación del espíritu debería ser compartido en colegios, institutos y universidades públicas, allí donde la libertad de enseñar no está limitada por la libertad de pensar.

Se ha escrito o se escribió –porque hace más de cuarenta años de la publicación del libro– que “hoy día podemos convertir el mundo en un infierno; como ustedes saben, estamos en el buen camino para conseguirlo” (Marcuse, El final de la utopía). Casi cincuenta años después el camino se ha tornado autopista y al fondo, en el horizonte brumoso, observamos cariacontecidos la tormenta perfecta que amenaza con arrasar a su paso todas nuestras certezas, que hasta hace pocos años eran muchas y ahora son solo ceniza.

Se ha escrito que el soñar debería ser proscrito de nuestra vidas, que habría que expulsar a las palomas de los jardines para llenarlos de pensamientos vacíos, de esquelas de la selva pluvial y de multitudes que viajan en tranvías que no llevan a ninguna parte, pero a veces las multitudes sueñan demasiado –los laboratorios farmacéuticos todavía no han descubierto el antídoto–.

Se ha escrito, en fin, que vivimos en una tierra hermosa, con palmeras recortadas sobre grises y azules intensos, con mares bruñidos por soles de piña y de melocotón, con montañas oscuras que silencian sus secretos huyendo de las plantaciones de ladrillo, con gentes maravillosas, barrocas en sus manifestaciones extremas pero de corazones modelados por el vuelo de las luciérnagas.

Se ha escrito que somos luciérnagas encerradas en un tarro de cristal…

Tal vez… 

 

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