Domingo, 24 Septiembre, 2017 - 16:01
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Paul Churches, con quien tanto quisimos

Francisco Saura

Quisimos hasta el desmayo en un mitin, con Playa Girón de fondo y la pesca de arrastre que tantas calaveras depositó en la cubierta del pesquero. Antiguos piratas en el coral de esas aguas turquesas que nunca tuvieron ley ni esclavitud. Por entonces, celebrábamos los escritos de Chomsky, ¡ochenta y ocho años ya!, antes de santiguarnos ante el sobre que enseñaba el patrón pícaramente. ¡Habladme de la poesía contemporánea, del hombre libre, del anarcoliberal que todos llevamos dentro y que nos negamos a exorcizar cuando nos tienta la billetera, el chalé en la playa, la casa de la cascada rodeada de abedules, el agua bailando alrededor…!

Un agujero negro de voces asciende desde el antiguo coso, se expande a través de los años y se acelera girando como un remolino de polvo y plástico. Y vuelve a sonar, “el hombre se hizo siempre…”, y las voces atronadoras, y el grito, y la unidad, y el ensordecedor estruendo de los muertos que nos miran desde el fondo blanco de los siglos.

Vistalegre.

“Tú decides: transitas el camino de pétalos que el mercado te sugiere o comerás de los rastrojos del hediondo valle de los igualitaristas”

Y en Murcia Vistabella, y el Fiscal General que niega con la cabeza, y el río que no se mueve (cuando sopla levante sus rizos peinan los sueños aguas arriba), y aquí estamos todos, hundidos en un pozo viscoso, peinando cabellos negros, los rostros desencajados, las miradas huidizas. ¡Aquí nunca ocurre nada y los antropólogos siguen buscando vida en las pieles de la tierra de hace cincuenta mil años! ¡Y ya no hay nieve en las profundas montañas!, ¡y el gavilán que cazaba gorriones en el edificio de enfrente buscó otras tierras porque ya ni los pájaros respiran en los aleros de los tejados! Se los llevó el viento tórrido que sopla por encima de las cuchillas de las vallas de medio mundo.

Paul Churches, ese hombre con quien tanto quisimos en las plazas de España, en los desfiladeros abiertos por los años y por el aburrimiento malsano de los que siempre esperamos (la última cruzada, el último caso de desnutrición, la última tortura de un animal, el último caso de corrupción) antes de retirarnos derrotados cuando el sol era una sombra fría y distante y caminábamos a tientas en un infierno de flores moradas. ¡Nuestras pesadillas se visten con los colores y olores que más amamos! Y ahí está el fuego que consume los mares y desdobla en cuasimodos los gritos de las hileras de mendicantes con los pies desnudos hollando el hielo acolchado por las hojas caídas en el otoño pasado.

Tú decides: transitas el camino de pétalos que el mercado te sugiere o comerás de los rastrojos del hediondo valle de los igualitaristas. Verás muchas cosas cuando tus pies se fundan con los aromas del jazmín: ladrones impunes, otros dispuestos a vacacionar en la cárcel a cambio de una renta secular para varias generaciones de descendientes; verás serpientes arrastrándose por los platós de las televisiones, vendedores de electrodomésticos, de guadañas y de libros de autoayuda. Te verás a ti mismo en posición de loto y globos aerostáticos girando alrededor de tu cabeza, verás una tarta de cumpleaños y a un santo laico leyendo a Auden, verás que ya tienes cincuenta y dos años y que pronto cumplirás los cincuenta y tres, olerás los aromas de los primeros días de la primavera y verás a lo lejos los relámpagos de la tormenta perfecta, y oirás música rebotando en las hojas de los árboles y el “amo a una mujer clara, que amo y me ama sin pedir nada o casi nada, que no es lo mismo pero es igual”. Eso será antes de que la muerte golpee tu puerta y te mire cuando la abras y te diga: no vengo a llevarte porque lo mismo que tendrás allí ya lo tienes aquí.

Y Paul Churches reparando los telares.

 

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