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El miedo amarillo

Domingo Sanz

Hace doce años decidimos realizar una inversión en bolsas de papel con asas en las que imprimimos por ambas caras la marca y el logotipo de nuestros juegos educativos, que se vendían en las estanterías de las grandes superficies y tiendas especializadas. Preferimos hacer esa publicidad, casi estática porque solo se movía cuando alguien iba andando con la bolsa en las manos, en lugar de estrategias basadas en palabras envolventes acompañadas de imágenes y una melodía pegadiza que, a base de repetirla en toda clase de pantallas, hubiera conseguido emocionar de manera quizás engañosa a nuestros usuarios finales, siempre menores de edad.

Ayer utilicé varias de esas bolsas para trasladar algunas cosas hasta llenar con ellas el maletero del coche, apoyándolas en vertical unas contra otras para que no se cayeran durante el viaje. El caso es que, tras cerrar el portón trasero, pude ver por el retrovisor que una de las asas sobresalía, atrapada entre la bandeja y la ventana y quedando a la vista de una manera tan ostentosa que me pareció atrevida, casi amenazante. Lo intenté dos veces más y no hubo manera. Como impulsada por un resorte maldito, se negaba a mi disciplina.

De repente comprendí que no era la bolsa, sino mi subconsciente. El avance de la intolerancia acababa de derrotarme otra vez y estaba perdiendo una nueva batalla de las muchas libradas a lo largo de la vida para conservar algún gramo de aquella inocencia infantil que nos llevaba, por ejemplo, a elegir números o colores favoritos. Él mío de entonces era el mismo que el de la bolsa con asas rebeldes que no quiere respetar mis miedos de ahora.

 

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