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¿Alguien se atreve a detener a Llarena?

Domingo Sanz

Reconozco que me había acostumbrado a ser español. Antes de morir naces, mamas, piensas, hablas, escribes, amas y pagas impuestos, esto último quizás en lo que más nos parecemos al resto del mundo. Como, no obstante, considero más digno el respeto a la libertad que a esas fronteras que nos hemos inventado para entendernos, o matarnos, me parece que si sobrevivimos a Llarena nos espera un paraíso, pues está consiguiendo que millones de personas sientan la evidencia del peligro que se cierne sobre la democracia.

Gracias a una de las acciones más atrevidas e inteligentes que se recuerdan por parte de unos políticos a los que perseguía nuestro juez de cada día, podemos contrastar nuestra Justicia con la de Europa. A los ridículos ya conocidos se suman otros nuevos. En una sucesión de decisiones rechazadas o duramente criticadas, Llarena ha sido capaz de borrar, de un documento oficial que le ha enviado Hacienda, el párrafo que demostraba la falsedad de sus acusaciones sobre la malversación de fondos públicos por parte de la Generalitat para el referéndum del 1 de octubre, pretendido fundamento de sus euroórdenes. Además, y tras ser negada por un tribunal belga la segunda euroorden emitida, ha enviado una carta al tribunal alemán que custodia a Puigdemont, insistiendo en que no imiten a los belgas, es decir, diciéndoles lo que tienen que hacer.

Por último, en lugar de enviar la carta al señor Grüntge, que recibe toda la correspondencia del fiscal jefe alemán, la ha dirigido a una tal “Señora Führer” que, según se ha comprobado, no puede ser sino quien se suicidó hace 73 años para no responder por sus crímenes y asumir su derrota.

Me temo que Llarena, además de poner en guardia a los demócratas de toda España, podría estar ayudando a fabricar independentistas en Catalunya. Pero de lo que sí estoy seguro es que está haciendo sentir una gran vergüenza a muchos españoles por el simple hecho de serlo. Muchas cosas y muy inconfesables han debido ocurrir en unas altas esferas hoy empantanadas en las más asquerosas y bajas cloacas para que, probablemente, no haya en este país nadie que esté más y mejor blindado que el juez Pablo Llarena, del Tribunal Supremo.

 

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