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¡Vivan las primaveras (también sin pesticidas)!

Rafael Cordón Aranda

La entrada de la primavera es siempre motivo de alegría: los días más largos, las temperaturas menos frías, y, sobre todo, los cambios en la naturaleza, el colorido de la vegetación, la mayor actividad de la fauna, la sensación de que renace el ciclo de la vida nos hacen sentirnos bien. También es el momento de un nuevo ciclo de cultivos de frutas y hortalizas y con ello la aplicación de toneladas de pesticidas para la eliminación de plagas y hierbas.

"Está confirmada la relación entre patologías de tipo oncológico, neurológico, psiquiátrico, endocrinológico y respiratorio con la exposición a pesticidas, no solo por su presencia en el aire o en el agua, y sobre todo, al ingerir alimentos"

España es el país de Europa que más pesticidas consume y la región de Murcia es la segunda de España que más los utiliza (27,8 kg. por hectárea cultivada) y, si bien ayudan a combatir las plagas de los cultivos, la mayor parte de ellos contienen sustancias tóxicas para la salud y el medio ambiente. Por ello, cada vez más, aumenta el rechazo de su uso y se multiplican las iniciativas para concienciar a la población sobre los problemas que causan y para evitar el uso, por lo menos, de los más peligrosos, como la campaña de “Stop Glifosato” y a partir del 20 de marzo la “Semana sin Pesticidas”, coincidiendo con el inicio de la primavera. Esta última iniciativa, que surgió en Francia en 2006 desde asociaciones de defensa del medio ambiente, se ha extendido a diversos países de Europa.

Que estas sustancias son peligrosas para la salud humana es un hecho suficientemente investigado y del que no caben dudas. Diversos grupos de investigación en nuestro país en los que trabajan, por ejemplo, los doctores Miquel Porta de la Universidad Autónoma de Barcelona, Nicolás Olea de la Universidad de Granada, Luis Dominguez de la Universidad de Las Palmas o, en nuestra región, el doctor Juan Antonio Ortega de la Unidad de Salud Mediombiental de Pediatría de la Arrixaca, han confirmado con sus estudios la relación entre patologías de tipo oncológico, neurológico, psiquiátrico, endocrinológico y respiratorio con la exposición a pesticidas, a los que estamos expuestos no solo por su presencia en el aire o en el agua, también, y sobre todo, al ingerir alimentos.

Pero decir sin más que son productos peligrosos para la salud y el medio ambiente es una afirmación suave; la realidad es que son como armas de destrucción masiva: un estudio de Naciones Unidas de 2017 admite que los pesticidas son una "amenaza global contra los Derechos Humanos" ya que causan la muerte de 200.000 personas cada año. En ese informe se acusa directamente a las grandes multinacionales del sector, a las que acusa de "negación sistemática de los daños derivados de estos productos" y de "tácticas de marketing agresivas y poco éticas” (https://reliefweb.int/sites/reliefweb.int/files/resources/1701059.pdf).

"El nombre original de pesticidas, que se sigue usando en países europeos, ha ido sustituyéndose en nuestro país por plaguicidas, luego por fitosanitarios, más aséptico, y más recientemente por el de medicamentos para las plantas"

Y no solo afectan a la salud humana: las poblaciones de insectos beneficiosos, como los polinizadores, esenciales para la reproducción de muchas plantas, se ven muy afectadas; las de aves están disminuyendo rápidamente y se utilizan cebos envenenados con plaguicidas que matan a miles de animales ya sea en cotos privados de caza o a animales domésticos.

Pero es que también son sustancias muy dañinas para el medio ambiente, afectando a la comunidad de organismos que son esenciales para la fertilidad de los suelos, contaminando las aguas subterráneas y superficiales como se constata en el informe “Ríos hormonados” publicado recientemente por Ecologistas en Acción, o el Mar Menor, como han constatado investigadores del Centro Oceanográfico de Murcia (Instituto Español de Oceanografía).

Y como las empresas son conscientes de que la población va teniendo una mayor sensibilización sobre los efectos de estas sustancias, el nombre original de pesticidas, que se sigue usando en países europeos, ha ido sustituyéndose en nuestro país por plaguicidas, luego por fitosanitarios, más aséptico, y más recientemente por el de medicamentos para las plantas. No es de extrañar esta manipulación del lenguaje por parte de quienes manejan nuestros destinos cuando se ha hablado de “crecimiento negativo” o se llama a las muertes de civiles en las guerras “daños colaterales”.

La presión por evitar que el negocio pueda disminuir es grandísima. Los fabricantes alarman con la bajada de la producción si se restringiera el uso de estas sustancias y advierten de las nefastas consecuencias que tendría, pero es que no quieren renunciar a un negocio que año a año continúa creciendo y que se eleva a 1.100 millones de euros (2016) en nuestro país y a 50.000 millones de euros a nivel mundial. Además, manipulan los estudios científicos y consiguen que sean casi los únicos que se tienen en cuenta por parte de las agencias públicas que regulan el sector. Es un sector dominado por cada vez menos empresas: la fusión casi ultimada de Bayer y Monsanto y las de otras grandes empresas del sector hace que tres multinacionales controlen el 70% de los agroquímicos a nivel mundial; también tendrían el control sobre el negocio de las semillas y el de la información digital agrícola.

Sin embargo, la realidad es que hay alternativas prácticas y reales al uso masivo de plaguicidas. De hecho, la constatación de los daños que causan ha conseguido presionar a las administraciones para ir eliminando las sustancias más tóxicas y para que haya un control más estricto de sus condiciones de uso para evitar, por lo menos, los casos más graves que ocurrieron en nuestro país, como los vertidos de grandes cantidades de residuos del insecticida Lindano. La fábrica de Inquinosa, en la provincia de Huesca, contaminó aguas y suelos en uno de los desastres medioambientales de mayor gravedad en Europa.

Sí, hay alternativas, como la agricultura ecológica que utiliza fitosanitarios con la menor toxicidad unida a prácticas de cultivo que evitan en gran parte las plagas; prácticas que incluso va copiando la agricultura industrial, como es la de dedicar parte de la superficie cultivada a plantas atrayentes de insectos que actuarán como depredadores naturales sobre las plagas o la “lucha biológica” que utiliza especies depredadoras de las plagas.

Y hay alternativas, también, al uso de plaguicidas tóxicos en las zonas verdes de nuestra región, por ejemplo eliminando el glifosato y usando medios mecánicos o manuales para la eliminación de las hierbas no deseadas cuando supongan una molestia.

Aunque los intereses de las empresas y su capacidad de control sobre las administraciones sea muy grande, la ciudadanía organizada puede ir consiguiendo pequeñas victorias, hasta lograr que nuestros alimentos, el aire que respiramos y nuestro entorno esté libre para siempre de sustancias que nos envenenan. Esta Semana sin Pesticidas, y todos los días, deberían de ser pasos que nos conduzcan a ello.

 

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