ir a la portada de ELPajarito.es

Querer a Cataluña desde Murcia

José Coy
Banderas catalanas, españolas e independentistas. (Foto: Efe)

¿Quién no tiene en la región murciana un familiar, amigo o conocido que en su momento marchó a Cataluña huyendo de las miserias del sur? Pepita, amiga de mi madre, fue una de ellas y junto a su pareja cogió los bártulos y se fue a Sabadell. Allí engordó a cinco hijos que, junto a sus actuales familias, conforman una microcomunidad de las tantas que hay de familias del sur, andaluzas, murcianas y extremeñas. Todas esas microcomunidades conforman una gran comunidad muy plural –no solo independentista– que se llama Cataluña. A la que en las últimas décadas se han incorporado otras comunidades que han llegado más allá de nuestro sur, con otras religiones, creencias, culturas, idiomas, colores de piel, etc.

“Hay una fractura social que se va a convertir en ruptura para muchas décadas si las sociedades civiles de nuestro aún país no trabajamos frente a estas élites y sus gobiernos que no dudan en votar y aplicar idénticos recortes y las mismas políticas económicas”

Barcelona ya no es solo la capital de Cataluña; es una capital mundial y una ciudad intercultural, que es un orgullo que forme parte de mi país, que es España, y me da la impresión de que, en un hipotético referéndum, la independencia sería una opción respetable, pero minoritaria en la ciudad de Barcelona. Si esto fuera así, ¿podría Cataluña ser independiente con una mayoría de la población de Barcelona en contra? Son conjeturas nocturnas que me hago para provocarte un poco. El caso es que de momento no hay forma de saberlo, ya que, como se niega el derecho a decidir, pues solo conocemos los titulares que ofrecen uno u otro bando y las imágenes de la tele y la prensa mundial, que dan escalofríos. Pero nadie sabe qué es lo que realmente piensa la población de Cataluña, por más que los abanderados de un lado u otro nos digan que son mayoría. El voto, oiga; es el voto la única forma de saber qué es lo que piensa y aspira la gente. Aunque, claro, eso sería en una democracia real.

Lo que si es cierto es que un 80% de la población catalana defiende el derecho a decidir, cifra ésta que no es poca cosa. También hay algo cierto, y es que mucha gente que estaba en los colegios y recibió palos estaba en las movilizaciones por defender la libertad y la democracia, unos defendiendo su sí y otros su no. Rajoy los unió, y Rajoy nos debe unir a todas las personas democráticas, hayan votado lo que hayan votado en las últimas elecciones. No nos estamos jugando la independencia de Cataluña, que también. Nos estamos jugando la democracia y tan solo en las siguientes semanas. Unos son una fábrica de independentistas, es cierto; pero también es cierto que los otros se han convertido en otra fábrica de ultraespañolismo neofascista rancio y antiquísimo, con producción a todo lo que da la máquina. Mis amigos ‘indepes’ de Cataluña deberían hacérselo mirar.

Llegado a este punto, la pregunta del millón seria: ¿seguimos en democracia? Es que no lo parece, si se ven las imágenes que han recorrido todo el planeta y que me avergüenzan, porque en mi nombre, ni en nuestro nombre, no pueden pretender sacar a los militares con el artículo 155, que abriría el camino a la aplicación de otros artículos, lo cual nos homologaría a dictaduras como Turquía, Marruecos o Arabia Saudí… No exagero, tiempo al tiempo. Conociendo las costumbres históricas de ese ultranacionalismo español neofascista, da para pensar y echarse a temblar, con rima incluida.

Pero tampoco el otro, un tal Puigemont y su equipo, pueden decidir en nombre de nada –ni siquiera de dos millones de supuestos síes, de un censo de cerca de 6 millones de personas– la independencia unilateral, porque él y sus analistas saben que los números no le dan para eso y no puede hacer una huida hacia adelante –como para salir del paso– que puede ser catastrófica para todas las comunidades que ahora conforman un país de países que de momento se llama España.

Sí. Esto es como estar en la mediana de una autovía, que miras a un lado y da miedo y miras al otro e igual. Y si chocan dos camiones de esos gigantes, pues imagínate como te quedas. Y ya puestos a imaginar, imaginemos un acuerdo –aunque sea en principio solo para dialogar– cuya conclusión tiene que servir para resolver este conflicto de una vez y para cientos de años. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué pregunta? Es lo que hay que ver. Antes o después habrá referéndum sobre la independencia de Cataluña, no hay otra. O eso, o ir directamente al precipicio con diversos escenarios posibles, todos ellos a cual peor.

¿Hablamos o vamos a una guerra? Me dirás exagerado, pero el caso es que hay guerras que empiezan en una fecha fija, como en un partido de fútbol –un pelín de ironía no viene mal–, y otras guerras empiezan por un cúmulo de circunstancias y sucesos que se encadenan y explotan en días o incluso en horas y se convierten en algo imprevisto. Real es que, en todos los escenarios posibles, hay uno que es una guerra blanda, pero una guerra al fin y al cabo, a no ser que Rajoy y la cúpula de su partido esté pensando en algo mucho más gordo, que llegado el caso no me extrañaría, porque ha descubierto que envolverse en la bandera le viene muy bien como cortina de humo en su momento más bajo por la corrupción de la trama y todos los procesos judiciales que quedan pendientes. En fin, algo así no es nuevo, cosas así hemos visto muchas veces en las películas; pero no solo en las películas –seguimos con la ironía–, también en la historia real han ocurrido muchas cosas parecidas. Y si me refiero a cortinas de humo, qué decir del otro, Puigdemont, que de cortinas de humo también sabe un rato.

El caso es que las elites catalanas y españolas –o dicho de otro modo más claro: las derechas de un lado y de otro– coinciden en las políticas de recortes de derechos sociales y en la forma de resolverlos, que es la porra y la ley mordaza, y nos vienen con cuentos de banderitas e identidades. Yo tengo mi identidad. Soy murciano dentro de un país de países y comunidades plurales, pero sobre todo, mi identidad es de esa gente rara que reivindica el derecho a sentirse de una gran patria que es la humanidad, la justicia, la igualdad y la fraternidad. Por tanto, lo que me interesa es cómo mejorar la vida de las mayorías sociales y no de las elites, sea en el punto del planeta que sea porque otro mundo es posible. ¿Alguien se acuerda de ese slogan que se decía en los foros sociales? Otro mundo es posible y necesario, se decía. Eso era no hace mucho. ¿Os acordáis de que hubo un tiempo en el que hablábamos –hace poco– de derechos sociales y cómo recuperarlos? Hablábamos de la precariedad, de los desahucios, de la corrupción, de las pensiones, de la movilización social…

Sin embargo, ahora estamos en una dinámica que todo eso no importa y lo único que importa son las banderas. A mí también me importan las banderas, tengo varias, una de ellas es blanca, que representa la paz y la convivencia. Porque yo prefiero una buena campaña electoral en la que defendería un ‘no’ rotundo a la independencia de Cataluña antes que una buena guerra. Aunque, puestos a hablar de la independencia, yo me quedo con recuperar la soberanía frente a la Europa alemana, pero esto ya, si eso, lo dejamos para otro debate.

Estamos en un punto de emociones y sentimientos muy fuerte; hay una fractura social que se va a convertir en ruptura para muchas décadas si las sociedades civiles de todas las comunidades de nuestro país no nos ponemos a trabajar para defender la democracia, la libertad, la paz, la convivencia, los derechos sociales y ciudadanos, frente a estas elites y sus gobiernos que nunca han dudado ni un segundo cuando se ha tratado de votar y aplicar recortes y las mismas políticas económicas que se dictan no ya en Madrid, sino sobre todo en Bruselas.

Para acabar, algo sorprendente. Hace unas horas, hablaba con un hijo de murciano y andaluza. Me decía que votaría ‘sí’ a la independencia en un referéndum real y no lo que fue el 1 de octubre. Después de hablar tan solo un cuarto de hora, la conclusión a la que hemos llegado es que no quería la independencia de Cataluña respecto a España, que lo que quería era la independencia de Rajoy y de esa España antigua. Y yo le dije: “Acho, pijo, eso es otra cosa. Vamos a arrejuntarnos todos los pueblos y vamos a tirar al tipo de un lado y al tipo del otro”. Y en esa estamos.

Rajoy y Puigermont nos llevan al desastre. O nos independizamos de estos tipos y sus partidos antisociales y golfos, o vamos directos a un precipicio cuya dimensión aún no sabemos, pero solo con pensar un poco quita el sueño. Por tanto, ¿platicamos o nos hacemos la guerra unos pueblos contra otros, haciendo de tropa de los señores neofeudales de este siglo? Mejor hablamos, ¿no? Pues eso: platiquemos, parlem.

José Coy, miembro de Vamos Región de Murcia

 

 

 

Añadir nuevo comentario