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Diada a la murciana

Joaquín González Caballero

Este verano me tiré unas vacaciones en Cataluña, un roal del mundo como otros munchos del planeta donde he veraneado. Pero vaya, tras una pajera de kilómetros para llegar allá, veo por doquier una especie de bandera en amarillo y rojo (trapos de colores que decía el grupo punk) en los balcones, pintadas en los muros y puentes… puestos por gentes “¿diferentes?”, que parecen recordarme que hemos entrao en otro rinconcico del mundo. ¡Hay que joderse!, como si no me hubiera dao cuenta después del correspondiente enriñonamiento tras la panzá de conducción desde mi Murcia querida. Por ese mismo querer pondría yo en mi balcón una de Murcia pa que a los de Javalí, La Raya, o Aljucer, que pasan a cientos en bici por la vía verde bajo mi casa, les recordara que están en Murcia. “Válgame la Nona, que diría un amigo jumillano.

Pero, ay, listiquio yo donde los haya, caigo en la cuenta que estos, además del querer por lo suyo con las banderiquias y tal, quieren decirnos algo más. Eso que en el estadio del Barca dice “Mes que…”. ¡Uiiifff! las comparaciones. Y hay viene lo jodío, vanagloriarse de la idiosincrasia de cada pueblo, pos claro que sí; por ello yo no tengo pegas y lo mismo voy ahí que a Euskadi, Perú, Tanzania o la Conchichina, habitadas todos ellos por la especie humana, rica en tradiciones, costumbres, gastronomía, cultura, historia… con lo que cada pueblo me aporta y enriquece. Porque, como decía hace poco una escritora catalana, mi “matria” es toico el mundo.

Porque nos empeñamos en que semos diferentes y parecemos dar a entender que lo nuestro es más o mejor, ese empecinamiento-lacra: lucha de banderas, religiones, roales de terruños, con la de guerras y problemas de convivencia que esto ha supuesto en el mundo mundial. Yo, que no me cebo en lo mío (los murcianos, siempre lo he dicho, de nacionalismos los que menos), he comío toa la vida salchicha de Lorca igual de buena quel espetec, mi maere hacía unos caracoles que te cagas aunque no sean a la llauma y un ajo-mortero que no se llamaba alioli, y si allá tienen llengua propia, mi paere habla panocho además de comer morcilla de sangre y cebolla que le gusta más que la butifarra catalana, además de tener un botijo que enfría el agua de putamadre, ¡qué pijo ahora! Si allá hay unos acojonantes castellers, olé olé, meritorio de sus agrupaciones, barriadas y gentes, sean catalanes o hijos del algún andaluz emigrao, pero vamos que, como diría mi paere, a ver si es que allíatan los perros con longaniza. He dicho.

 

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