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El horror, el horror

Luis Gallego Mayordomo

El horror, el horror, clamaba Marlow, el personaje de Joseph Conrad, desde el interior de la selva congoleña. Es el mismo horror que durante estos meses se ha instalado frente a las costas de Libia e Italia. Es terrible asistir impotentes cada día al dantesco espectáculo de la muerte de miles de seres humanos a las puertas de Europa. Mueren en su empeño por huir desesperadamente de guerras, conflictos civiles y hambrunas en las que directa o indirectamente han tenido responsabilidad nuestros estados. Un incesante goteo de victimas que la Comunidad Internacional, triste eufemismo, es incapaz de frenar.

Un grupo de 545 inmigrantes llegó hace unos días a Salerno, mientras las autoridades italianas seguían aún investigando el naufragio con más de 800 víctimas del domingo anterior. Parece un genocidio a cámara lenta. Sus protagonistas, gentes a quienes los conflictos civiles en Siria, Mali o la olvidada Eritrea les han arrebatado todo, gentes que cuando se embarcan en las costas libias tan sólo les queda la vida por perder y nuestra indiferencia por sufrir.

Turquía, esa sociedad musulmana en la orilla oriental del Mediterráneo, ofrece un espejo en que mirarnos. En lugar de aterrarse por la llegada de unos miles de desesperados, acoge a dos millones de refugiados sirios, se dice pronto. Muchos malviven en las calles de Estambul o Esmirna. Me sorprendió hace unas semanas el número de mujeres jovencísimas, siempre con un bebé en el regazo y rodeadas de niños descalzos, que mendigaban en estas ciudades. Calladas y discretas, evitando los ojos de los viandantes. Supe que eran sirias recién llegadas de aquella pesadilla humanitaria. Ya sabemos que mendicidad y limosna tienen allí connotaciones distintas. No hay más alharacas o protestas. No se palpa en la prensa rechazo hacia ellos, compasión en todo caso. No ha surgido ningún Amanecer Dorado que los hostigue.

Un día entré en una vistosa confitería de Estambul. Vendían dulces diferentes de las habituales delicias turcas. Reconocí la hermosa musicalidad del árabe de Medio Oriente y saludé en su lengua. Una tibia sonrisa se dibujó en los labios del dependiente. Entablamos una breve conversación por la que supe que trabajaban para una familia turca y que trataron de recrear allí la vieja pastelería familiar que se vieron obligados a abandonar en el centro de Damasco. Sentía enorme curiosidad pero me abstuve de preguntar cuando su sonrisa se trocó en lágrimas. Imagino que al recordar familiares que quedaron abandonados a su suerte. Me expresó su simpatía hacia España y me rogó que no olvidásemos su tragedia. Sus excelentes dulces de pistacho, piñones y manteca, me dejan un inevitable regusto amargo. Y más aún cuando me imagino a sus vecinos y amigos jugándose la vida en esas barcazas que cruzan el Mediterráneo rumbo a un dudoso paraíso occidental.

¡Qué impotencia ante tanto dolor! El estupor ante este drama, unido a otras urgencias informativas, no debe hacernos volver la mirada. No permitamos que nuestras costas sean escenario de una nueva edición del Corazón de las Tinieblas.

* Luis Gallego es consejero Autonómico de PODEMOS y Candidato a la Asamblea Regional de Murcia.

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