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Tras la tormenta en París, ¿el odio?

Juan Enrique Serrano Moreno

La aparente unión nacional y unanimidad emocional en la condena del terrorismo y la defensa de la libertad de expresión de la manifestación del domingo 11 de enero no nos debe conducir a infravalorar el crecimiento de los fascismos yihadista y lepenista.

En un debate donde abundan los discursos esencialistas sobre el Islam y los análisis dicotómicos sobre las libertades fundamentales y la seguridad pública, muchos se preguntan qué ha llevado a estos jóvenes a atentar contra sus propios conciudadanos y como afectará esto a la convivencia nacional.

Constamos pues una polarización en una sociedad en la que las opciones xenófobas del FN y el ala dura de la UMP liderada por Sarkozy se encuentran completamente consolidadas, a la par que el yihadismo internacional se esfuerza en convertir a jóvenes de clases populares, de origen extranjero o no, completamente desocializados de los valores republicanos. Porque si bien Charlie Hebdo no fue ni es una revista islamófoba, hacia tiempo que había dejado de hacer reír, al igual que Dieudonné, debido a la altísima crispación que generaba.

La necesidad elaborar nuevas políticas antiterroristas no debe hacer olvidar la igual de urgente necesidad de implementar políticas de lucha contra la exclusión y la discriminación. De lo contrario, la estigmatización en el imaginario colectivo de un enemigo interior, esta vez arabo-musulmán, ya muy presente en los medios, no hará sino aumentar.

En el debate público sobre estos temas, la derecha tiene clara su hoja de ruta, la izquierda al contrario adopta un discurso titubeante sobre el “sursaut républicain” y la necesidad de convertir el país en una potencia internacional en la lucha contra el racismo que mucho recuerda al “buenismo” de Zapatero.

Queda sin embargo mucha autocrítica postcolonial por hacer para actualizar la visión de la laicidad y de los valores republicanos herederos de una democracia decimonónica y elitista que prohíbe todo análisis en términos de comunidades étnicas y/o religiosas, y lo más grave, fomenta discursos contradictorios que ignoran las desigualdades socioeconómicas. Una visión que ha conducido durante demasiado tiempo a muchos franceses a mirar a otro lado frente a la humillación y la discriminación que sufren de manera cotidiana sus conciudadanos.

El tiempo dirá si el FN acabará beneficiándose electoralmente de estos atentados que, reconozcámoslo, han dejado por ahora su estrategia de comunicación fuera de juego. Después de la contrición y el duelo, es de esperar que los ánimos vuelvan a crisparse a la hora de abordar la infinidad de cuestiones que monopolizan en sus muchas declinaciones el espacio público francés y que amalgaman de manera harto confusa religión, emigración, identidad nacional y seguridad.

Parece evidente que, por poner un ejemplo, la presencia del primer ministro israelí en la manifestación del domingo 11 de enero no va a contribuir a apaciguar por si sola la durísima polémica que rodea en Francia todo debate sobre el conflicto israelo-palestino. Del mismo modo, la continuidad de las políticas de austeridad que, ya no cabe duda alguna, empobrecen a las clases medias y a las clases populares no hará más que alimentar la marginación y el odio.

De la capacidad de la sociedad francesa a contrarrestar el auge de los fascismos dependerá pues la estabilidad del continente europeo. Porque, digámoslo alto y claro, los muertos de los atentados de París son víctimas tanto del terrorismo fascista como del racismo estructural que corroe desde hace años la convivencia nacional.

Juan Enrique Serrano es doctor en Ciencia Política (París- Panthèon/Sorbonne), abogado y profesor asociado de la UMU

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